No quiero, gracias.

El otro día escuché esta frase:
“Lo que no te gusta hay que hacerlo por lo que puede aportar”.

Y sí, suena razonable. Práctico. Hasta sabio.
Pero no pude evitar sentir un rechazo inmediato.

Tal vez porque en la vida adulta ya hacemos demasiadas cosas que no queremos hacer.
No por crecimiento personal ni por iluminación, sino por simple supervivencia.

No es drama. Es rutina. Es lo que hay. Y lo hago.
Porque toca. Porque no hay opción. Porque es lo responsable.

Pero justo por eso, me reservo el derecho a decir “no” en otras cosas.
En lo que sí puedo elegir.
Porque si no, ¿qué me queda?

No querer también es una razón.
Y a veces, es una forma de autocuidado.
No todo lo que incomoda te transforma.
No todo lo que eliges evitar es miedo.

A veces, simplemente sabes que ya diste bastante por hoy.
Y eso, aunque no suene inspirador, también es sabiduría.

Ahora bien, hay cosas que no quiero hacer…
pero que sé que debo.
No porque me den placer, sino porque me hacen bien.

No quiero hacerme los exámenes médicos, pero pueden salvarme la vida.
No quiero tomar esa llamada difícil, pero sé que alivia una tensión mayor.
No quiero revisar cuentas, pero sé lo que pasa cuando no lo hago.

La vida me pide constantemente que elija entre lo que quiero hacer, lo que debo hacer y lo que, en el fondo, ya no quiero seguir haciendo nunca más.
Y aprender a distinguir entre esas tres cosas…
ese, tal vez, sea el verdadero acto de madurez.

Así que sí. A veces digo: no quiero.
Y otras veces digo: no quiero… pero lo haré.

Y en ambas respuestas hay dignidad.

Y tú, ¿cómo decides qué cosas haces aunque no quieras… y cuáles ya no haces más?

Publicado por Adulta contemporánea

No hay biografía, hay una voz. Escribo lo que muchas pensamos y pocas decimos. Eso basta.

Deja un comentario