No quiero, gracias.

El otro día escuché esta frase:
“Lo que no te gusta hay que hacerlo por lo que puede aportar”.

Y sí, suena razonable. Práctico. Hasta sabio.
Pero no pude evitar sentir un rechazo inmediato.

Tal vez porque en la vida adulta ya hacemos demasiadas cosas que no queremos hacer.
No por crecimiento personal ni por iluminación, sino por simple supervivencia.

No es drama. Es rutina. Es lo que hay. Y lo hago.
Porque toca. Porque no hay opción. Porque es lo responsable.

Pero justo por eso, me reservo el derecho a decir “no” en otras cosas.
En lo que sí puedo elegir.
Porque si no, ¿qué me queda?

No querer también es una razón.
Y a veces, es una forma de autocuidado.
No todo lo que incomoda te transforma.
No todo lo que eliges evitar es miedo.

A veces, simplemente sabes que ya diste bastante por hoy.
Y eso, aunque no suene inspirador, también es sabiduría.

Ahora bien, hay cosas que no quiero hacer…
pero que sé que debo.
No porque me den placer, sino porque me hacen bien.

No quiero hacerme los exámenes médicos, pero pueden salvarme la vida.
No quiero tomar esa llamada difícil, pero sé que alivia una tensión mayor.
No quiero revisar cuentas, pero sé lo que pasa cuando no lo hago.

La vida me pide constantemente que elija entre lo que quiero hacer, lo que debo hacer y lo que, en el fondo, ya no quiero seguir haciendo nunca más.
Y aprender a distinguir entre esas tres cosas…
ese, tal vez, sea el verdadero acto de madurez.

Así que sí. A veces digo: no quiero.
Y otras veces digo: no quiero… pero lo haré.

Y en ambas respuestas hay dignidad.

Y tú, ¿cómo decides qué cosas haces aunque no quieras… y cuáles ya no haces más?

No soy la misma. Y eso también es amor.

No soy la misma de hace diez años. Tampoco de hace tres. A veces, ni siquiera de ayer.

Hay cambios que suceden en silencio. No hacen ruido, no avisan, no tienen una fecha que se pueda marcar en el calendario. Un día, simplemente, ya no contestas igual, no insistes, no justificas lo que antes defendías con tanto énfasis. No duele. No da miedo. Solo pasa.

Y cuando pasa, te das cuenta de que también es amor. Amor hacia ti.

Porque amar —de verdad— no es quedarse fija en una versión antigua de ti misma solo para que los demás no se incomoden. Amar también es permitirte crecer, mudarte de piel, dejar de sostener lo insostenible. Es aprender a escucharte sin la necesidad de explicar todo lo que decides dejar atrás.

Durante años nos enseñaron que amar era mantener. Sostener. Aguantar. Permanecer. Pero nadie nos habló del otro amor, el más silencioso y muchas veces más difícil: el amor que te obliga a soltar, a reconocerte distinta, a poner límites, incluso con quienes más quisiste. Incluso contigo.

Cambiar no es traición. Cambiar es una forma de seguir viva.

He dejado lugares, personas, rutinas, ideas que un día fueron hogar. Agradezco lo que fueron, pero no cargo con lo que ya no soy. Eso también es una forma de amor: no aferrarse a lo que te queda pequeño.

La adultez tiene mala fama. Nos la vendieron como una etapa de estabilidad rígida, de certezas definitivas. Pero es mentira. La adultez, si se vive con honestidad, está llena de nuevas preguntas. Y de respuestas que ya no sirven.

Hoy, cuando me miro con calma, sin obligación de justificarme, entiendo que lo que he perdido, lo que he cambiado, lo que ya no me define, no es un fracaso. Es un mapa. Uno que se va trazando con errores, decisiones, retrocesos. Y también con ternura.

No soy la misma. Y eso no es una crisis.

Eso también es amor.