
No doy consejos. No tengo fórmulas. No vine a decirte cómo deberías vivir.
Solo escribo lo que no quiero olvidar. Lo que pienso cuando nadie me oye. Lo que me repito cuando ya no me creo. Y a veces, lo que no le conté a nadie, pero necesitaba decir.
Soy adulta. No en tono solemne, sino en clave de tránsito. Porque la adultez no es un punto de llegada, sino un camino lleno de preguntas que no siempre tienen respuesta (y a veces, tampoco tienen sentido).
No quiero escribir sobre la mujer perfecta. Tampoco sobre la que está rota. Me interesan las que se levantan tarde, dudan de sí mismas, pierden el hilo, toman vino, lloran sin causa, siguen adelante, se ríen solas, cambian de idea, se aburren en sus trabajos soñados, extrañan a sus ex y no lo publican.
En fin. Las que no encajan del todo en ningún molde, pero se quedan igual. Las que tienen hambre de más, aunque no sepan de qué.
Eso sí. Todo lo que escribo parte de un lugar real: una frase, una anécdota, un recuerdo, una rabia. Este espacio no es para cerrar capítulos ni para autoayuda. Es para pensar en voz baja y, de vez en cuando, gritar.
Bienvenida si te pasa lo mismo.
